https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/04/11/hablemos-del-impuesto-a-los-combustibles-mas-alla-de-la-coyuntura/
En una compañía
que pasa por problemas financieros, si el CEO llama al contador para
preguntarle algunos temas relativos a su ámbito de acción, una respuesta
esperable del contador podría ser: “no hay plata”. Si el gerente de finanzas de
la compañía diera una respuesta similar, no solo sería insuficiente; sería
inaceptable. El ministro Quiroz se ha comportado más como un contador de la
República, que como un gerente de finanzas. Si la empresa no está en quiebra,
un buen gerente de finanzas debe asegurar el financiamiento de los proyectos
que agregan valor a la compañía.
Este enfoque en
la caja nos ha llevado a que “cada uno se las arregla solo” con la crisis del
petróleo, y enfrente directamente el precio internacional del crudo. Se
priorizó la caja versus otras alternativas para abordar un problema
eventualmente temporal; de entradita se ocupó “un comodín” en las primeras
preguntas del concurso.
Entonces, en una
situación “sin caja”, por un lado, pagamos el IVA y el impuesto específico a
los combustibles (financiamos una entrada de caja al Fisco) y, por otro lado,
pagamos el mayor valor de los combustibles. Doble impacto negativo directo al
consumidor. Y solo en la primera derivada. Marzo se vino con todo.
Pero ya que el
tema de los combustibles está en la palestra, conviene reflotar una discusión
económica sobre el óptimo del impuesto a los combustibles y su coherencia con
otros cobros relacionados al transporte.
¿Debería existir
un impuesto a los combustibles? Sí, porque el trasporte produce externalidades
negativas como la congestión y contaminación.
Se requiere satisfacer
las necesidades de infraestructura de Chile y lograr que su uso sea óptimo. Para
conseguir esto, debe existir una política global de transporte que tarifique
todos los sectores involucrados.
Si nos enfocamos
específicamente en el transporte vial, la señal debe apuntar a que la
infraestructura no es gratis y, por lo tanto, lo óptimo sería cobrar al
verdadero usuario por el uso de la red. Dado que existen vías cuyo impacto va
más allá de lo netamente local (vías estructurantes), el precio por su uso se
paga en forma directa mediante el cobro del peaje (TAG). Sin embargo, en las vías
locales o no estructurantes resulta imposible tarificar todo. ¿Cómo cobrar? Una
estructura de precios óptima sería una combinación de un cargo fijo más un variable:
aquí entran los permisos de circulación y el impuesto a los combustibles,
respectivamente. ¿Cuánto fijo y cuánto variable? Es un tema a discutir, pero en
base a conceptos e ideas correctas. Podría sonar lógico tener un sesgo en el
financiamiento hacia el impuesto a los combustibles que hacia el permiso de
circulación, ya que esta mezcla entre cargos fijos y variables busca cobrar más
proporcionalmente a quienes más destruyen las redes viales y que
consecuentemente explican los mayores costos de inversión en infraestructura,
al ser los usuarios más directos.
Entonces, una
política económica debería en primer lugar valorizar la red no estructurante (¿Cuántos
km son? ¿En cuántos millones de dólares está avaluada)? En segundo lugar, se
asume una rentabilidad anual del patrimonio vial más depreciación y mantención,
para obtener la cifra que se debería recaudar anualmente por la vía de los permisos
de circulación e impuesto al combustible.
El permiso de
circulación debería considerar la diferencia entre vehículos livianos y de
mayor peso, pudiendo utilizar una equivalencia de ejes, y la cantidad de
kilómetros recorridos anualmente. Claramente no se cobra considerando este
factor donde vehículos distintos destruyen las vías en forma distinta; el
permiso de circulación depende del avalúo fiscal del vehículo y no de la
cantidad de ejes (o peso) que posee, cosa que apunta incluso a un concepto incorrecto
porque un auto nuevo pero liviano destruye menos que un camión antiguo y pesado.
Se prioriza la caja y no el concepto económico de una política de transporte
correcta.
El impuesto al
diésel también debería considerar los puntos anteriores y debería ser mayor (no
menor) que el impuesto a los combustibles. La estructura de impuestos actual subsidia
a los vehículos diesel, que destruyen y contaminan significativamente más que
los demás vehículos.
Si se agrega a
lo anterior el problema de la congestión, una manera de cobrar esta
externalidad (aunque en forma imperfecta, ya que no discrimina por horas peack
o no peack de uso de las vías ni tampoco cuáles son las que más se usan, pero
sí apunta al nivel de congestión global de la red) es por medio del impuesto a
los combustibles, aumentando la proporción del impuesto a los combustibles en
la estructura de financiamiento señalada anteriormente.
Por otra parte,
la actividad de transporte está muy ligada con la contaminación. Y tanto el
permiso de circulación como el impuesto al diésel apuntan en la dirección
contraria para combatir esta externalidad. El permiso de circulación, que se
paga en función del avalúo del vehículo, es más caro para los vehículos más
nuevos, que contaminan menos. Y el menor
impuesto específico al diésel incentiva el uso de estos vehículos con relación
a los bencineros.
Una política de
transporte que considere estos elementos bien podría llevarnos a sorpresas
positivas: permisos de circulación e impuestos a los combustibles más “razonables”
y acordes a lo que conceptualmente se espera de dichos cobros. En lo concreto,
muy probablemente no estaríamos hablando de combustible a $1.600/litro.
¿Y qué hacemos
con el MEPCO? Dejémoslo. Algo ayuda. Puede cumplir un rol como mecanismo de
estabilización de corto plazo. Pero moderemos las expectativas; no le pidamos
peras al olmo.
Iván Rojas B.


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