https://interferencia.cl/articulos/la-forma-en-que-simpatizantes-del-regimen-de-maduro-compraron-el-ferrocarril-oriental
La historia
de cómo los empresarios Carlos Gill Ramírez –empresario de origen
paraguayo-venezolano, que mantuvo vínculos con los gobiernos de Hugo Chávez y
Evo Morales- y su socio Peter O´Toole –cónsul de Irlanda en Bolivia-
adquirieron las acciones que les permitió el control del Ferrocarril Oriental,
es una muestra clara del despojo a manos llenas que ha sufrido Bolivia. Se
hicieron de las acciones del Ferrocarril Oriental sin aportar recursos propios;
utilizaron los recursos generados por el propio ferrocarril para financiarse, negando
deudas y compromisos adquiridos. En definitiva, se podría decir que compraron
el ferrocarril sin dinero. Todo lo anterior, cumpliendo con la forma de una
aparente normalidad de balances y directorios.
Durante los
años noventa, el grupo chileno CB controlaba Ferroviaria Oriental S.A. a través
de su participación societaria “aguas arriba” en la sociedad Inversiones
Ferroviarias Bolivianas Ltda. (Inversiones Ferroviarias Bolivianas Ltda es
dueña del 67,54% de Transportes Ferroviarios S.A., y esta última participa en
una sociedad boliviana llamada Trenes Continentales S.A., que finalmente es
dueña del 50% de Empresa Ferroviaria Oriental S.A.).
En el año
2000, CB vendió dichas acciones a la sociedad de capitales norteamericanos
Genesee & Wyoming Inc. (G&W), quien las adquirió a través de su filial
chilena, por un total aproximado de US$ 19,4 millones de la época. En esta
transacción quedó un saldo por pagar a CB de US$ 12 millones, más intereses, pactados
a tres años. La fuente de pago sería los dividendos correspondientes de
Ferroviaria Oriental.
En garantía
de este saldo de precio, se constituyó en favor de CB y sus bancos acreedores
(5 bancos chilenos) prenda y prohibición de gravar o enajenar las acciones de
la sociedad Transportes Ferroviarios, designándose un banco agente para
realizar el cobro y distribuir lo recaudado. El contrato de prenda establecía
claramente que todo ingreso que recibiere anualmente Inversiones Ferroviarias
Bolivianas (representada ahora por sus nuevos compradores), debía ser usado
para amortizar la deuda con CB, pagándose a los bancos acreedores y,
lógicamente, el saldo de precio a CB.
Los abonos
que G&W realizó a CB básicamente correspondieron a intereses parciales durante
algunos años, sin amortizar el capital de la deuda. G&W controló el ferrocarril
hasta el año 2009 y la deuda seguía plenamente vigente y en aumento. No se
cumplió lo pactado, a pesar de que G&W recibió millonarios dividendos del
ferrocarril.
Pues bien,
en el año 2009, G&W vendió su participación accionaria –que no había pagado
a CB-, sin dar cuenta a CB ni a los bancos acreedores de la deuda vigente ni de
las circunstancias de la venta. G&W se salió del negocio del ferrocarril
sin pagar lo adeudado, vendiendo acciones prendadas. El comprador de estas
acciones fue la sociedad YULARA INVERSIONES, cuyos socios son los empresarios
soyeros Carlos Gill Ramírez y Peter O´Toole.
¿Cómo se
materializó la compra? Carlos Gill Ramírez y Peter O´Toole no desembolsaron un
solo dólar para adquirir el ferrocarril. ¿Cómo se financió la compra, entonces?
Con los recursos propios de Ferrocarril Oriental, no distribuidos y con los
dividendos futuros, ignorando dolosamente los compromisos adquiridos con CB y
sus bancos acreedores. ¿Cómo fue posible lo anterior? Sin duda requirió un
concierto previo entre comprador y vendedor, y una estructura jurídica que
sostenga y permita la ejecución de dicha figura de apropiación reiterada en el
tiempo, con el rol fundamental de abogados chilenos representantes de
sociedades vinculadas al ferrocarril en Chile.
Como
perfeccionamiento del fraude, y a objeto de legitimar el actuar doloso de los
involucrados, en el año 2010 se citó a una Junta Extraordinaria de Accionistas,
en la cual se buscó, entre otros temas, la aprobación de créditos relacionados
en sociedades donde los directores tienen interés. La Junta de accionistas fue
reducida a escritura pública notarial solo parcialmente, sin dar cuenta de la
aprobación de dichos créditos. Así, en los años 2010, 2011 y 2012 no hubo pago
a CB, a pesar de la repartición de los cuantiosos dividendos de parte de
Ferroviaria Oriental.
Como
referencia, entre 2001 y 2015, Ferroviaria Oriental distribuyó aproximadamente
USD 73 millones en dividendos. De ese total, cerca de USD 10 millones
correspondían a la participación vinculada a la venta original de CB; pero
recibió USD 6 millones. La diferencia no recibida es un monto equivalente al
cual Gill Ramírez y O´Toole pagaron a G&W. En los años 2016 y 2017 nada se
pagó y eso sigue al día de hoy.
De esta
forma se explica cómo un amigo del régimen de Nicolás Maduro y Evo Morales
logra hacerse de una empresa estratégica, comprándola sin dinero propio y a
precios ridículos, aprovechándose de que sus controladores (G&W) se sienten
amenazados, no pueden desarrollar su negocio y quieren abandonar el país. No es
extraño que capitales venezolanos usufructen de sus conexiones políticas y
tengan una participación en importantes empresas de Bolivia. Y en este caso
particular, tener el control de toda la red ferroviaria boliviana -Ferrocarril
Oriental y Ferroviaria Andina-, para no solo integrarlo verticalmente con el
negocio de la soya, cosa ya peligrosa para el correcto funcionamiento de los
mercados, sino, además, controlar un sector estratégico económica y
políticamente que permita consolidar el proyecto del tren bioceánico. Ese es el
verdadero valor de Ferrocarril Oriental, el valor por lo que es y por donde
está, más allá del análisis puntual de las ganancias actuales bajo la actual
administración, las cuales, muy probablemente estén por debajo de las que
deberían ser en condiciones óptimas tanto internas (operación bajo la lógica de
maximización de utilidades con correctos precios de transferencias entre
cliente-proveedor), mercados competitivos, y un país donde el orden público
económico garantiza los derechos de propiedad y minimiza todo tipo de
imperfecciones de mercado.
Todos los
hechos descritos -que huelen a saqueo, con complicidad de abogados y bancos
chilenos- deben ser investigados no solo en Chile y Bolivia, sino también en
Estados Unidos, como un gran caso de corrupción, para que sirva de ejemplo de
cómo se corrigen estas distorsiones que van mucho más allá de un conflicto
entre privados. Son este tipo de hechos los que hacen la diferencia entre el
mundo desarrollado y, lamentablemente, nosotros.
Iván Rojas
B.

